Intervención al Museo Cielo Abierto: “Todo Termina en Val(pop)”.
Taller ”CULTURA POP”, Mayo - Julio, Balmaceda 1215. Santiago, Chile.
Taller/Collage/Cultura pop - Matias Marambio (*)

I
Tanto un taller como un collage como la cultura pop son instancias colectivas. O al menos es la manera en que a mí se me hacen entendibles y practicables. Son términos que comparten al menos eso: la colectividad. Y también el hecho de que sean cosas que se hacen, porque ni un taller, ni un collage, ni la cultura (pop o de cualquier otro tipo) son conjuntos ya dados, pre-establecidos, fijos, inmutables, cosas que existen previamente, sino que están ahí esperando a ser hechas. Ni un taller, ni un collage, ni la cultura pop existen solas y separadas de quienes las hacen (las hacemos).
Pero con todo lo que se parecen, las tres cosas no son, con mucho, lo mismo. No son equivalentes ni intercambiables. No se reemplazan entre sí, y menos aún es posible moverse de una a otra sin haber pagado, al menos, el costo de lo que significa realizar un desplazamiento (cambiar de territorio pagando una suerte de ‘peaje semántico’, porque por mucho que el lenguaje exista de manera inmaterial, no es un territorio de tan libre circulación; el lenguaje también tiene sus zonas de frontera, sus espacios de conflicto, su primer y su tercer mundo, sus sitios abandonados, sus bombas atómicas, sus Franjas de Gaza, sus Guerras de Vietnam y sus Revoluciones Cubanas, sus selvas vírgenes, sus desastres ambientales, sus inmigrantes ilegales cruzando territorios minados, sus carteles de narcotráfico, sus megalópolis y sus terremotos con damnificados). Los tres términos son sólo capaces de remitir a un espacio y a una experiencia común en función de haberse articulado en un momento y en un lugar específico. El que se den cita no es, por ende, una coincidencia. El poder evocativo que tienen deriva finalmente del hecho que ha ocurrido algo y de que algo puede ser rescatado por su mención conjunta en una oración determinada; su uso puede ser capaz de salvar algo que ya no existe tal cual.
Hablando estrictamente, no puedo reclamar para mí esa capacidad evocativa que acabo de señalar, precisamente porque yo no soy tan parte de la experiencia compartida que es capaz de dotar conjuntamente de sentido a las palabras ‘taller’, ‘collage’, y ‘cultura pop’. Que pueda tener mis opiniones al respecto, que pueda proponer diversas tramas para dotarlos de sentido, que pueda intentar discutir y definir los términos, que pueda referir a discusiones y definiciones sobre ellos, que pueda leer sobre ellos, todo eso es al final irrelevante a la hora de contrastar experiencias. Y sin embargo, la marginalidad de mi participación en el Taller de Cultura pop no me impide (al menos) intentar producir algún tipo de reflexión al respecto.
II
El trabajo de collage, diría uno, es armónico con la idea misma de cultura pop. Pero bien sabemos que no es posible trazar (al menos a mí me resulta entre difícil y repulsivo) relaciones naturales entre las cosas. Precisamente un taller de esta naturaleza resulta (ha resultado, no ha dejado de resultar, seguirá resultando) valioso por su pretensión de desdibujamiento de las genealogías de la obviedad que recubren la reflexión sobre objetos, prácticas, discursos, personajes, biografías (individuales y colectivas), performances, que componen el campo de la cultura pop. El collage, como ya han dicho, es un trabajo de desmontaje, de re-asignación de significado, y de intervención sobre los soportes y materiales sobre los cuales parte de la cultura pop circula.
Quizás lo que más me interesa del collage como ‘técnica’ es que no sólo implica todo lo anterior, sino que es un proceso en gran medida artesanal y muy accesible. En principio, cualquiera podría, si quisiera, tomar unas tijeras, un pegamento, una cartulina, unos diarios/revistas/posters/insertos publicitarios y armar un collage. En la misma medida que el collage tiene un potencial de accesibilidad masiva, también la cultura pop participa de dicha accesibilidad. Pero que algo sea accesible no quiere decir que esté en todas partes, que sea universal, que sea igual en todas partes, ni mucho menos. Que muchxs podamos participar de la cultura pop no quiere decir que todo lo que hacemos lo sea, ni que lo pop sea lo más importante, o incluso que sea ‘de acceso gratuito’. Porque aun cuando la cultura pop sea accesible y aun cuando la ‘cultura’ no sea de nadie, no se puede decir que sea un espacio homogéneo y abstracto. La cultura pop es una cultura que tiene dimensiones materiales (¿qué sentido tendría un collage si no hubiera una materialidad de lo pop?). O más que una cultura, un campo de la cultura, un nivel de la cultura. Un conjunto de prácticas. Un conjunto de cosas. Pero es más que eso y menos que eso.
III
Un taller remite tradicionalmente a la idea de un maestro que toma aprendices para enseñarles un oficio mediante el trabajo conjunto. En tanto pedagogía, esta forma del taller implica una colectividad subordinada (pero colectividad al fin y al cabo) a la figura del guía, del que marca la pauta de la escuela, de quien da los lineamientos y establece los cánones. Pero dentro de esa subordinación existe la posibilidad de la rebeldía, del quiebre con la figura paternal y paternalista que es el maestro, con las coerciones que impone el seguir un estilo. Existe la posibilidad y la tentación de alzarse contra el maestro y conformarse en vanguardia: el grupo rupturista que encabeza la resistencia a la tradición y al formalismo.
Si quiera plantear una idea así en un taller de cultura pop produce ya una sensación de desasosiego. De malestar. No se asemeja en nada al menos a las cosas que me han sido dables de percibir. Si en algo aparece el concepto de ‘taller’ es en la idea de colectividad. Y si hay una rebeldía, es una rebeldía mancomunada de todos los miembros del taller frente a las restricciones sociales que circulan en nuestro presente y que, me da la impresión, son en parte una de las razones que dan origen a una instancia tal. Sin hablar de una horizontalidad burda y barata, de un hippismo idealista que romantiza los momentos de armonía originaria de una comunidad carente de fisuras y conflictos, el espacio del taller es capaz de producir agenciamientos colectivos que desbordan el comunistarismo ingenuo.
Como jóvenes que somos, crecidos al calor de las transformaciones y las permanencias (siempre muchas y muy pocas) del Chile post-dictatorial, el recuperar espacios de este tipo se vuelve una forma gravitante de hacer política. La expropiación de la colectividad, la des-solidarización progresiva llevada adelante por la Dictadura y profundizada por la complacencia, la conveniencia, y la complicidad de la Transición, el quebrantamiento de la imaginatividad utópica, en fin, todo ello es combatible en estas instancias, al menos en una pequeña escala. Porque aun cuando no es el pensamiento por sí mismo el que logra los cambios sociales, el hecho de que una subjetividad colectiva logre darse cita, agenciando discursos que interpelan críticamente la realidad, buscando deshacer el cúmulo de relaciones naturalizadas que componen los supuestos más básicos de la cotidianeidad, ello constituye un gesto que debe ser defendido y reivindicado. Defendido a rabiar, con todas las armas posibles, con todas las manos posibles, con todas las subjetividades posibles, con todos los otros talleres (por venir y habidos ya) posibles, con todos los collages posibles, con todos los videoclips posibles. Porque las circunstancias del pensar son hoy ya tan precarias que un collage a medio caer en un muro de Valparaíso es ya una victoria cuya mejor celebración es la persistencia pese a todo.
(*) Estudiante de Licenciatura en Historia y Becario de colaboración académica en Teoría y Metodología del Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile. Miembro de Expasiva: Red de pensamiento desviado.

El collage como experiencia de resignificación infinita
Por Claudia Kennedy + Taller Cultura Pop Nuestra última acción de taller implica, al menos, dos aprehensiones; la primera venida desde los entes que crean un collage; en este sentido sería visto como un elemento concreto. Por otro lado si nos colocamos en la posición del observante, el collage adquiriría un sabor abstracto-interpretativo. Pero no se trata acá ni de la una ni de la otra aprehensión. En definitiva el collage como técnica, no solo nos lleva hacia la elaboración –formateada- en el acto de superponer elementos de distinta naturaleza para hacerlos calzar forzosamente dentro de un mismo espacio, sino que además tiene la doble dimensión de que lo aparentemente forzoso desaparezca. Entramos así en el ámbito de las intensiones del objeto. Entramos también a una segunda dimensión- ingresa el observante- y el collage invitará a la interpelación y re-significación de los elementos que le componen. La acción llevada a cabo por el taller cultura pop ha reunido la síntesis de las reflexiones en torno a los elementos presentes en la cultura. Desde una postura de análisis de los distintos elementos y procesos que llegan a las masas. Se ha comprendido que el acto de llegar a las masas no se genera por magia sino que deviene de estructuras mayores –así también- o de las partes de dicha máquina (editoriales, iglesias, medios de comunicación masiva o si se quiere desde la publicidad a los modelos económicos imperantes). Tras ello se encontrará usted con imágenes como: […]Sebastián Piñera disfrazado de marinerito bajo el torso sudoroso de Arturo Pratt que a su vez están involucradas con la frase “gobierno estudia”, o a Huidobro diciendo “habrá que re-estudiar”; También encontrará imágenes de los medios de comunicación chilenos que nos dicen el deber ser de la visibilidad de un homosexual, ante lo cual nosotros saturamos la imagen ridiculizándola barrocamente. Es una sobre carga que apuesta la acusación de dichos medios y de interpelar a quién observe este collage a que genere nuevas formas de acción. En definitiva podríamos sumar otro punto de vista con respecto al collage y a nuestra intervención, ello radica en que el punto de partida de nuestro gesto no es ni abstracto, ni concreto -no por sí solos al menos- sino que es un punto múltiple de re-visualizaciones y discursos, es un elemento sin límites y sin tiempo de desgaste. Condensa y estalla. Involucra cine (entendido como un acto de superposición de planos), post-porno (entendido como una ruptura a los roles de géneros y sus sexualidades), involucramos aquí nuestra visión con respecto al quiebre del concepto de nación, así mismo de la no pertenencia.
Apelamos por la identificación y crítica de los marcos, de los espacios, de los museos; por ello nuestro collage irrumpe sus propios márgenes: desde el punto mínimo y concreto de pegar una imagen que sobresale, hasta el hecho mismo de llevarlo a Valparaíso y re-significarlo haciendo que nuestro objeto-collage- en su totalidad sea en sí un elemento que participe de nuevas territorialidades- absorbiendo todo lo que desee absorber y entregando todo lo que desee les sea entregado. Es un acto de reciprocidad no con la institución sino con la comunidad.
De Thriller en el collage
Por Felipe Rojas y Ernesto Saavedra Mientras ustedes miran el desorden, yo los observo lejos del núcleo, donde me encuentro rodeado de falos de distintas formas y tamaños, con mis manos en mis caderas y mi cabeza rectangular acompañada de antenas como las del superhéroe más noble que la lechuga y que su escudo era un corazón. Un momento de pausa y me pregunto, ¿tendré SIDA? ¿Por qué estoy enfermo? Eso es lo que las letras afirman pero, ¿será cierto? La cara desfigurada de un ex presidente que perdió una elección, tal vez sea la señal de lo que venga en un tiempo más, pero no todo es malo, quizás pueda bailar con mi amigo presidente “Thriller”, mi amigo presidente es famoso y buena gente, habla con honestidad, con verdad, con servicio, es un humilde servidor con mucha plata dicen los envidiosos. Siempre veo tele mi cara se transforma como la de ese niño cuatro ojos que todos molestan en la serie de los monos amarillos (y que se parece al ministro de educación de mi presidente bailarín), se transforma de manera automatizada, sin un elemento volitivo. Así vamos creando fetiches que inconscientemente o de manera automática ingresan a nuestra cotidiana vida y comenzamos a emplearlos, como elementos propios de nuestras vidas, los reconocemos y acostumbramos a su uso. De esa forma los que comercializan y venden con la TV, nos venden información como un collage en un papel café, que si lo mirásemos a priori no hallaríamos ningún sentido, sin embargo ese collage muchas veces responde a lo que ”nosotros necesitamos” pues sin eso ”no estaríamos complacidos en un cien por ciento”, esto es lo que me produce la caja hipnótica, la maldita caja rectangular! ¿Qué le queda a mi cerebro, que no salga de esa caja?
En momentos como este me pongo como Armando Uribe, me dejo crecer el pelo, me saco los dientes, saco un cigarro sin filtro, y pongo una voz ronca y sería, y todo esto que os acabo de contar, sale más fuerte de dentro mío, como los tristes cantos preparatorios para mi muerte de sida, porque si, al final yo solo me amé a mí y a nadie más, por eso tal vez gaste este tiempo en hablar en vez de bailar thriller con mi amigo presidente.
¡POP Superstar!
El sol baja y la hora en que cierran las oficinas se hace escuchar. Es la música de las bocinas que callan y de las voces de los paraderos que desaparecen. De las persianas de los locales, que se extienden como lienzos callejeros, que no saben de simetría, ni de gramática. Del pedaleo oxidado de un carro cartonero que se extingue, como la calle, lentamente hacia un horizonte nebuloso. Y del zumbido. El zumbido de luces de artificio que iluminan tercas gigantografías publicitarias, que insisten en persuadir en lo que ahora es mi territorio. Porque esta es hora de cerrar. Porque esta es mi hora. Cuando llega mi hora se encienden las luces del escenario. Naranjas y blancas en lo alto, y amarillo brillante los focos de las micros, que pasan marcando el compás con una sincronía despeinada, evidencia del desplome de las normas, la caída de un régimen falaz. Cuando llega mi hora, se quiebra la gran cadena invisible de favores y de influencias. No se dirige, ni se tienta, ni se engaña: no se compra, ni se vende, ni se especula. Y es que no hay nada que comprar, porque a esta hora, cuando todos son felizmente (im)perfectos, los íconos están del otro lado de la pantalla y los estereotipos se rinden a nuestros pies, verdes de envidia, preguntándose por qué no calzan con nuestra moda, que deslumbra en esta hora donde todo es pasarela. Los grilletes de lo cotidiano se prohíben estrictamente, porque no nos dejan bailar. Se agotan los barrotes grises y los trajes de rayas ¡Que les abran las celdas a los presos, que hoy sí que están invitados a la fiesta… porque también son anfitriones! En esta hora todos somos Gaga y nos movemos a lo Moonwalker, confundimos el rosado y el azul porque los colores los inventamos nosotros. Por sólo un par de horas estamos a la vanguardia del diseño, somos rostros de las más prestigiosas revistas y encabezamos respetados rankings musicales. Por sólo un par de horas somos lo que siempre nos han dicho que no podemos ser: superestrellas del Pop.
Por Gonzalo Muñoz Chesta
Collage: S/T

Por Rodrigo Ortega I Mi primera vez a pantis caladas Calzones animal-print blancos con negros Piernas entreabiertas Estilo puti-core de barros de barrios rojos Existentes solo en longitudes abstractas -Mentales- Pécora de alma voy adornando calles Vistiéndolas de negligé estampado De edificios como erecciones de la pachamama. Un río de mierda surca esquinas Espanta clientes o los llama.
II
En esta cuidad de óxido
De orines oscuros y secos
De montañas aureoladas de smog
Me bautizaré post-vaticana
Paralela al piso boca abierta pelo colgando
Recibo eucaristías de látex y espermicida
En el nombre de un dios con sunga animal-print
Como la mía, igualita.
Del suelo adoquinado de hollín
Surgen a borbotones amenes y aleluyas,
Cánticos y coros y aullidos caninos
La audiencia punky celebra
Levantando los gatos de vino
Chupando los gatos de vino hasta el asco
El bautizo se transmite, señal abierta
Abierta de manos y piernas tras barrotes
meados
III
Maldita mi vagina
Maldito hambre de ponceo
Maldecir en su grado máximo
Para pedir milagros bipolares
El cielo se tornó rojo como mi barrio
Y me regaló un aborto
y ví en la cara del niño la mía
como un espejo opaco y en sepia.
Quería mal-parirte
Para no enseñarte a vivir en estos tiempos
Para no enseñarte a pagar la micro con tarjeta
Ni a prender de tu cuello una corbata
Ni camisas ni relojes ni zapatos.
IV
En otro tiempo quise tener un niño
Ponerle nombres mapuches
Que signifiquen alegría y pena
Hoy el mío está muerto
Y de su boca como un suplicio
Se extendieron palabras
Mascullaste Brandon escupiste.
Brandon levantaremos una bandera:
Mi calzón de cebra, un pañal tuyo
Que nunca usaste, para así
Brandon fijar nuestra roja patria.
V
De almuerzo cazuela de chancho
Con chuchoca
Bebida=coca-cola,
Si me lo comía todo
En la tarde, si alcanzaba
Iríamos al Mc donalds
A pedir un Mc-Combo
en nuestro bati-movil
Después de todo la ciudad en este país
se llama gótica
y las gárgolas son guachos
que fuman pasta por las noches.
UNA PUTA CON CARA DE ÁNGEL
Por Javiera Montenegro
“Iglesia” deriva del griego ecclesia: reunión, asamblea. Proyectando el concepto, por lógica debería asumirse que es una instancia inclusiva, de encuentro con el otro, considerando el mensaje del “amor universal” que pregona la institución. Pero claro, éstos son meros supuestos. De hecho, la Iglesia, como construcción ideológica de una creencia (trastocada en sus basamentos espirituales desde sus inicios), ha demostrado históricamente todo lo contrario: la culpa como status existencial es un requisito imprescindible para ser parte de ella. Un sistema de valores asfixiante, aun cuando hoy está en una franca crisis estructural, que propone que el pecado es posible por omisión, acción y pensamiento…..o sea…el creyente peca casi que por el mero hecho de respirar. ¿Dónde reside entonces la integración en torno a la fe?, o peor, ¿cómo se transa la creencia en pos de recompensas vacías?.
La prostitución de la Iglesia es descarada, y aún así es incapaz de asumir los errores cometidos…agrupaciones como los Legionarios (millonarios) de Cristo, o los Opus Dei, nos enseñan que la fe católica es mucho más apariencia que espiritualidad cuando el dinero está de por medio…ser Opus otorga status, significa enriquecer el linaje familiar frente al prójimo de manera automática: te convierte en gente “bien”. Y el precio de ese status es el deber ser más estricto: el religioso y social. Una cortina de apariencias que asegura una imagen, un camino a seguir, un sentido de pertenencia tipo rebaño, para quienes no son capaces de forjarse un destino propio. Un destino que se plantee a partir del cuestionamiento, y no del arribismo religioso. No atento contra la fe, pero sí contra las imposiciones que las personas adoptan de forma irreflexiva: si alguien se ha tomado el trabajo de analizar el porqué de las razones de la institución católica, puedo entender.
Pero el seguimiento ciego y fanático es lo que alimenta el poder de una Iglesia mentirosa y travestida de santidad cuando por dentro el pecado engulle la culpa.Ya no vale la pena mencionar todo lo que actualmente aqueja al catolicismo cupular organizado, mejor es insistir en que ya no puede seguir resistiendo que lo desvistan, descubriendo que bajo esas ropas inmaculadas reside una agrupación travestida, podrida en los mismos pecados que condena. La puta vestida de santa es una imagen deliciosa, que espero termine de rodillas, confesa y desnuda.

Como llegamos tarde, continuamos la conversación afuera de la Galería.
Visitamos a Felipe Santander, diseñador y artista visual quién, en su tercera exposición “SO BROKEN”, retoma su técnica gráfica textil para trabajar e hilar su propia iconografía personal. La pregunta que nos asaltó fue ¿Es posible, construir una iconografia propia con independencia de las imagenes circulantes de nuestra “cultura pop”? Parece que sí, aunque parece que no. Los que no fueron a la expo, se la perdieron nomás. Sobre “SO BROKEN” aquí.
¿Qué sucedió en nuestra última vez?
